LA TARIMA VACÍA

Era madrugada y la radio siempre encendida. La emisora me lanzaba varias palabras. Educación, enseñanza, conocimiento, adoctrinamiento. Me estaba quedando con la copla. Javier Orrico hablaba de su libro. Un torrente de curiosidades sobre el mundo de la enseñanza. Parecía que mi propio pensamiento se hallase trasplantado al mundo de las ondas. Estaba haciendo un resumen muy claro de cómo hemos llegado a la situación actual. No solamente las leyes repartidas en los correspondientes mundos de taifas en que nos hemos convertido. No solamente esas cinco comunidades que blindan sus oposiciones con los aranceles que suponen el tener una lengua propia y distinta. También esa mentalidad “buenista” donde el mérito se encuentra discriminado. Donde la igualdad puede crear una mediocridad que no se puede poner de manifiesto por considerarla discriminatoria. En fin, me traía a mi mente mis maestros de mis primeros años. Aquellos que nos inculcaban que el esfuerzo, el sacrificio, el conocimiento, nos traerían el bienestar futuro; pero sobre todo nos darían un raciocinio que nos haría más libres. Nos sacaría de la posible manipulación por parte de todos aquellos que solo verían en nosotros masas de sistemas igualitarios y dictatoriales; o meros consumidores en aras de llenar bolsillos más allá que procurarlos una ética bien ganada y asumida con responsabilidad en la toma de decisiones.

En fin, como siempre qué difícil arte el de la enseñanza.

NOTA 1: Palabras que el viento no se lleva. Y si además se dejan por escrito doblan su eficacia.

NOTA 2: Los Caballeros, el Decano y las Humanidades

NOTA 3: Liberalismo y educación, contesta Rallo a Marina

NOTA 4: Martin Bohemn nuevo decano de IE

NOTA 5: Continúa el debate Rallo-Marina

NOTA 6: Perder las formas por Antonio Muñoz Molina

En nuestro país, “élite” también se ha vuelto una palabra sucia, y también el desprecio al saber y la exhibición de la ignorancia parece que dan buenos réditos políticos. La derecha española ha despreciado y desprecia el saber porque está convencida de que no sirve para nada, salvo para alimentar a disidentes y a holgazanes. La izquierda doctrinaria alienta con plena deliberación una atmósfera social de hostilidad hacia el mérito, hacia las formas cuidadas, hacia la soberanía individual: como si también entre nosotros la incultura fuese una prueba de autenticidad, y la búsqueda personal de la excelencia en el ejercicio de una profesión o de una vocación —a no ser la futbolística— volviera a quien se dedica a ella culpable de elitismo.

NOTA 7: La entrevista de Fernando Aramburu a Aurora Egido Martínez, donde se cita con atino a la obra de la entrada. (Desde el 23 de mayo de 2013 ocupa el sillón “B” de la Real Academia Española. Su discurso de entrada)