Estimados amigos. Ya sabemos que hoy en día recibimos tal cantidad de información que es difícil separar el grano de la paja. Solamente pretendo una forma de contacto que nos ayude desde el punto de vista personal o profesional. Agradeceré deis un paseo por esta herramienta. Espero que os sea útil en el terreno profesional, amena en lo personal; pero, sobre todo un punto de encuentro. No estamos solos por lo tanto es ayuda y desahogo. Quiero que sea única, porque cada uno somos diferentes. La originalidad, en algunos casos nos viene dada, por lo tanto no vamos a inventar lo obvio. Pero sí quiero descubriros lo que sabemos y no aplicamos. Si consigo haceros pensar unos minutos al día me conformo. Los accesos para comentarios siempre tienen que ser nominales. No creo en las opiniones anónimas. Siempre me he hecho dos preguntas. ¿Qué significa el secreto de confesión, y el profesional? ¿Y aquello de Roma no paga a traidores?

Os espero.

A Ernesto le agradezco su ayuda y diseño, sin él  este contacto sería imposible. Por lo tanto si no funciona la comunicación el culpable soy yo . Que como Economista colegiado 662  en el Ilustre Colegio de Economistas de Valladolid asumo:

EL ESTATUTO PROFESIONAL DEL ECONOMISTA

Historia con nombre

No tengo ni puñetera idea de escribir, además soy incapaz de comunicarme. He llegado sin darme cuenta a mi niñez. Palote, palote, pin pan. Conclusión magnífica tras un dato interesante. Me pensaba que estaba cerca del top, pero, estoy en las puertas de mi infancia. Para los de mi generación que pensamos en valores como el trabajo y la dignidad en faros dirigentes de nuestros destinos, nos produce un inmenso dolor el insulto furibundo a nuestra poca inteligencia que nos queda, fruto del desgaste y el cansancio del tiempo, los continuos inventos de lo obvio, y la repetición constante de lo mismo con celofanes diferentes del mismo envoltorio una y otra vez.

Me acuerdo de la vieja historia del personaje del espectáculo. Toda su vida la había vivido dentro de las bambalinas, de lonas, de teatros, de vestíbulos, sinsabores. Él se creía importante, había realizado de todo en su circuito profesional. Falta un trapecista dispuesto, un domador, sabía, fuera de canes, leones, elefantes, o hasta de tigres de bengala. Sabía que no era el mejor ni el mejor pagado pero sacaba del atolladero con gran dignidad y una buena palmada en su espalda, por cierto, un poco cheposa por el trasiego de los años y los esfuerzos físicos, que no en pocas ocasiones tuvo que realizar.

Al subsodicho, cuenta la historia, que no ficticia ni leyenda sino real, le jalonaba una virtud y una tremenda congoja por no saber poner en su carnet su profesión.

Siempre que alguien de la profesión tenía cualquier cuita quedaban con él. Una copita en cualquier garito, una visita relámpago a cualquiera de sus domicilios (por cierto vivía en una caravana magnifica, como cálido hogar, academía de apendizaje o enseñanza, o incluso inesperada casa de citas de propios y extraños). Siempre y sin que nadie lo notara al finalizar los encuentros descubría que una inmensa lágrima, casi transparente e imperceptible manaba de un ojo de sus interlocutores.

Con tanto trajín, cuenta la historia, no se había dado cuenta que en todas sus actuaciones, se escapaban sonrisas, o bien del auditorío, o bien de sus compañeros de profesión. Acaba de descubrir que, lo que realmente veían en él sus compañeros y el público en general era al autentico profesional: ya tenía su profesión anhelada, era un payaso. Sería un autentico payaso, no cabía duda. Quizás sin querer no se había atrevido a mostrar todos sus encantos. A partir de ese día realizariá su profesión sin tapujos. Vestiría sus mejores galas, gorro de capirote o gorra al uso. Narices postizas o maquilllaje, pero sabía a qué atenerse.

Termina la historia con unas notas de su aprendíz, que era un androide, es decir no sabriamos decir si hombre o mujer, pues todos los transmisores de estos hechos reales, cuando lo habían visto, siempre de lejos, por sus maneras, pelos o ropajes lo definían de maneras poco claras. Éste personaje había estado en las últimas horas de nuestro ya definido payaso. Lo había observado, nunca se atrevió a dirigerle la palabra, se conocía todos sus secretos, triquiñuelas del oficio; había descubierto su anhelado secreto. Le oyó decir entre sueños, en alguna de eterna vigía, que su máximo honor sería ver congregados ante su traje de pino final a todos aquellos con los que había tenido esos pequeños encuentros y confidencias. Todos reunidos frente a una mesa repleta de manjares que él mismo se habría en cargado de preparar, con un brindís final: salud camaradas.

Como todo en su vida una mala pasada, un renglón torcido en el guión. La ambulancia llega precipitadamente al hospital. El andrógino va dentro, con su profesor, mañana, sin falta me presento y charlamos, pensó. El respirador artificial hacía guiños extraños. Al salir tuvo la suerte de conocer al médico de urgencias. No te preocupes puedes ver la operación en el patio de aprendices. Extraño, muy extraño, a corazón abierto, todos se hicieron cruces, ni una gota de sangre, tan solo una lágrima una gran lágrima: la última lágrima del payaso.

Finaliza la historia, en esto ya se mezcla la realidad con la leyenda, que a su alumno aventajado y único, le dejó toda su fortuna: la caravana y en ella una magnífica colección de esmeraldas huecas. Se hallaban dentro de un espectacular y no muy grande armario de caoba. Justo cuando lo abrío, en cinco estantes paralelos, se encontraban las piedras preciosas, perfectamente guardas, en pequeñas cajitas de marfil, con un inscripción grabada en cada una de ella. Nadie sabe con certeza en número de piezas coleccionadas. De los nombres algunos, se cuenta, eran muy famosos de la profesión, otros nadie los conocía. En la parte lateral derecha del armario, cubierto con fino cristar de bohemia, una hoja de papel de seda con las instruciones en oro de la colección, con un alfiler de platino, rematado en una bola roja transparente a modo de lágrima.

Siguiendo la lectura lateral comenzó a pinchar una tras otra las esmeralas, las lágrimas derramas formaron un pequeño reguero dentro del suelo del habitáculo que poco a poco se iba solidificando y dando lugar a la frase: La última lágima del payaso.

Las malas lenguas y los vendedores de secretos hilbanan esta historia real con la venta de veleidaes donde se anuncia que al pinchar todas las esmeraldas y salir el líquido se formó una gran esmeralda con un orifio superior donde el androide depositó la última lágrima del payaso.

Yo os puedo asegurar, puesto que lo he vivido y sé del lugar, que cada vez que paso por el lugar secreto donde fueron a parar sus cenizas, y pocos lo sabemos. Mi lagrimal se derrama pero nunca he sentido el líquido. Solo un agudo pinchazo en mis costado izquierdo. De la esmeralda…..esa es otra historia, también verdadera.

Los puntos que vienen a continuación los tenía entre mis recortes y papeles digitales. Pido disculpas porque no sabría distinguir si los he sacado de alguna noble página o los he manipulado. Por lo tanto los he plagiado con sumo gusto si así fuera. Pero están aquí porque a mí me sirven y estoy de acuerdo con ellos y no quiero dejarlos fuera de mi presentación. A partir de ahora procuraré cumplir lo que mis asesores llaman derechos de autor.

¡No puedo más!, estoy agotado

A veces todo se nos hace cuesta arriba. Nos falta energía para seguir luchando. Nos sentimos incomprendidos, solos e ignorados. Un momento: pare, descanse, medite, recargue.

Hace meses que estoy empujando para que mi empresa obtenga resultados, pero no llegan. Estoy cansado”, me dice Hans. “He invertido tanta ilusión, emoción, tiempo y dinero, que cuesta dejar de luchar por ello. Estoy atrapado en esta espiral: no dejo de luchar por todo lo que he invertido, pero los resultados nulos me dan señales para que lo deje, ya que parece ser un callejón sin salida. Me cuesta tomar la decisión. Además, con mi mujer hace tiempo que la relación está estancada, me siento vacío. He invertido mucho en esta relación, pero me doy cuenta de que tampoco tiene futuro. Estoy agotado de empujar y luchar sin obtener resultados en ningún frente”.

“Me agota la pasividad de la gente. Me canso intentando cambiar a los demás y no lo consigo. Me agota ver a mi madre haciéndose la víctima”

“No permita que su mente se obsesione y su corazón siga anclado en lo ocurrido. Piense que todo es una gran comedia cósmica”

“Si convertimos la vida en una continua expectativa, en una continua demanda, en una continua lucha”, nos dice Javier Melloni, “nuestra agonía crece incesante e incansablemente, porque hay una dinámica en el deseo que tiene siempre un punto de insatisfacción”.

Luchamos, empujamos, tiramos del carro como Hans, y acabamos sintiendo un agotamiento emocional y mental que consume la cuenta de energía personal dejándola bajo mínimos. Recibimos señales de que no vamos por buen camino; sin embargo, continuamos en la misma senda. Confiamos en que nuestra energía es ilimitada, y no paramos para reponer fuerzas. El agotamiento acaba siendo tal que tenemos un trancazo y no podemos más.

Cuando finalmente escuchamos las señales, vivimos una decepción. Nuestras expectativas nos han llevado a sentirnos defraudados. Entonces empiezan los reproches, los malos humores, los conflictos entre lo que ha sido, lo que es y lo que nos gustaría que fuera. Nuestra confianza se ha resquebrajado. Uno siente el fracaso de su proyecto emocional, la ingratitud del otro hacia él y su entrega, y la rabia por todo lo que está sucediendo. Esto le deja extenuado. Sin embargo, al leer las señales vivimos la autenticidad de la situación, conectamos con lo que es verdadero y eso nos libera de vivir en la mentira. Aunque al principio la verdad nos duela, finalmente nos ayuda a recuperar nuestra dignidad y a posicionarnos en nuestro poder interior.

ELIJAMOS BIEN NUESTRA LUCHA

“Uno sabe cuándo un lugar

es su lugar” (Leonora Carrington)

Seamos conscientes del desgaste mental y emocional que suponen ciertas luchas.

¿Hemos elegido bien la lucha en la que nos hemos metido? ¿Merece la pena pagar el precio que nos supone? ¿Podemos reflexionar sobre las alternativas posibles? ¿O estamos tan absortos en conseguir el éxito en esa lucha que no somos capaces de dar un paso atrás para tomar distancia y observar con mayor objetividad si queremos estar ahí? Nuestro crítico interno dirá: no tengo alternativa. Pero esa percepción nos limita. Podemos elegir mejor la lucha en la que queremos invertir nuestro tiempo. La opción está en nuestras manos: desapegarnos y cambiar, o seguir aferrándonos.

REPONER FUERZAS

“Cada mañana estrena

un nuevo día, y yo también mi terca valentía” (Eladia Blázquez)

“Estoy agotada”, me dice Rocío. “En el trabajo no me hacen caso, ni me ven ni reconocen mi valor. Además, mi madre lleva cinco meses en el hospital, le amputaron una pierna, luego le salieron llagas, no cicatrizó bien, y cuando íbamos a traerla a casa, durante una sesión de rehabilitación en el hospital, se cayó y se rompió el fémur de la única pierna que tiene. Sigue hospitalizada. La comida que le dan es pésima, por lo que al salir de trabajar le llevo comida a diario. No puedo más”.

Ante realidades como esta, necesitamos ir hacia nuestro interior para reponer fuerzas. Nuestro agotamiento aumenta cuando al pesar que nos provocan nuestras circunstancias le añadimos los pensamientos negativos y sentimientos de desánimo. Quizá no podemos cambiar lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, pero sí que podemos decidir qué actitud adoptar y qué permitimos que ocupe nuestra mente. No perdamos de vista nuestras prioridades: nuestra salud mental, emocional y corporal son importantes. Cuando nos agotamos y desanimamos, nuestra capacidad disminuye. Aprendamos a crear pensamientos que eleven nuestro ánimo.

Nos puede ayudar esta reflexión: recuerda un momento de tu vida en el que te sentiste pleno y pletórico. ¿Cómo estabas? ¿Qué estaba ocurriendo en ti? ¿Cómo te sentías?

Invoca de nuevo esa vivencia, haz que arraigue más en ti. Y desde esa plenitud afronta la vida con toda tu energía. No permitas que las circunstancias ni las personas absorban tus fuerzas, no dejes que tu propia mente sea tu enemiga creando miles de pensamientos inútiles y debilitadores. Tú mandas sobre tu mente.

CAMBIAR AL OTRO

“Debemos ser un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cual darán el salto” (Natalia Ginzburg)

”Me agota ver la pasividad de la gente. No mejoran ni se comprometen”, me cuenta Jonathan. “No les importa el planeta, dónde compran, en qué gastan, no se hacen responsables de nada. Viven desde la pasividad. Me agota porque quiero cambiar el mundo. Me canso intentando cambiar a los demás, y no lo consigo. Me agota ver a mi madre siempre haciéndose la víctima, no hace caso de mis consejos”.

“Estoy cansada de repetir las cosas y no conseguir cambios, repetir y que no me escuchen mis hijos”, afirma Pilar. Cuando la persona luchadora se da cuenta de que no ha transformado nada, puede sentirse abatida, desesperanzada y agotada. Está enfocada en que los que le rodean cambien. Dedica una cantidad desmesurada de energía mental a divagar sobre el cómo, el qué, el porqué y el cuándo. Le cuesta relajarse, disfrutar del hoy.

Nos cansa no ver ni recibir los frutos de nuestro empeño. Quizá es que solo tenemos que sembrar y los frutos ya vendrán. Si no los esperamos, si aceptamos que tal vez nuestra labor se limita a sembrar, aceptamos que el otro tiene sus ritmos y sus procesos. La sensación de invertir mucho y no ver el fruto cansa si estamos esperando ansiosamente los resultados de nuestras acciones.

Por muy buenas intenciones que tengamos cuando intentamos cambiar a los demás, los resultados generalmente son mínimos o nulos. Centrémonos en mantenernos energéticos, sanos y conectados con lo esencial para nosotros. Cuando vivimos esta plenitud interior, inspiramos y motivamos al cambio sin forzar ni imponer.

MENTES CANSADAS

“El más valiente de los actos es pensar con la propia cabeza” (Coco Chanel)

“Estoy cansada de volver a empezar, del desgaste de la lucha diaria, de la confianza traicionada, de las metas no alcanzadas”, me dice Yolanda. “Me cansa pensar tanto, mi mente es un torbellino que no para, me gustaría que mi mente se callara”.

La mente es un motor que no se detiene. Se trata de canalizar bien los pensamientos y de no crear ni entretener los que consumen inútilmente nuestra energía. Para conseguirlo, ahí van algunas propuestas:

  1. Dé un paso atrás para permitir que haya un espacio entre usted y la realidad exterior. Como cuando está en su despacho, aparta la silla de la mesa y reflexiona.
    Sobre la mesa hay asuntos por resolver, por atender o por revisar. Pero durante un rato se aparta de la mesa y de todas las realidades que descansan sobre ella. Esto le ayuda a practicar la paciencia antes de reaccionar.
  2. Una vez se ha apartado, entre en usted sin llevarse todos esos asuntos. Pueden esperar. En su interior encontrará la serenidad. Si huye de sí mismo, no aprenderá a gestionar sus pensamientos. Si se lleva a su interior algún asunto de los que hay sobre su mesa, no se encontrará porque permanecerá conectado con ese asunto y con las personas involucradas en él.
  3. Es necesario conectar con uno mismo para gestionar su mente. Para lograr esto, medite. Aprenda el arte del verdadero descanso. Puede trabajar sin tensión en un estado de serenidad. El hábito de pensar atropelladamente y rápido mantiene el cansancio mental. Meditar le ayuda a originar ondas alfa en el cerebro. Con ellas relaja la actividad cerebral. Meditar con regularidad le ayuda a formar el hábito de descansar más en menos tiempo, de ahorrar energía y mantenerse relajado.

Cuando esté cansado, siéntese un momento, relájese, cierre los ojos y visualice un paisaje amplio con un horizonte lejano. Repose su mirada en ese horizonte y entre en la inmensidad del espacio hasta que le absorba, separándose así de los ruidos y tensiones que le agobian. Es un ejercicio fácil, sencillo pero efectivo para calmarse y darle un descanso a la mente.

Fluya como en el jazz. Anote todo lo que el jazz le inspira y practíquelo en su vida diaria. Un grupo de alumnos de la formación que impartí en diálogos apreciativos expresó lo que les inspiraba el jazz: espontaneidad, coraje, diversión, libertad, sensualidad, autenticidad, creatividad, fluir, apertura, buen rollo, posibilidad, ritmo, delicadeza.

Si pudiera elevar su mirada por encima de su casa, su pueblo o ciudad, su país, y viera el mundo como el maravilloso globo terrestre, se daría cuenta de que en realidad lo que ha ocurrido ha sido insignificante. La vida sigue en constante cambio. No permita que su mente se obsesione y su corazón siga anclado en lo que ha ocurrido. Si quiere liberarse, no busque venganza. Piense que todo es una gran comedia cósmica. P

Vivir el desapego nos relaja

“Imaginad que un día volvéis del trabajo a casa y os encontráis la puerta forzada”, cuenta Sogyal Rimpoché. “Han entrado a robar. Entráis y descubrís que se han llevado todo lo que poseíais. Por un instante os quedáis paralizados por el sobresalto y, en vuestra desesperación, pasáis frenéticamente por el proceso mental de intentar recrear lo que ha desaparecido. Pero la idea se impone: lo habéis perdido todo. Vuestra mente inquieta y agitada queda atónita y cesa todo pensamiento. Y de pronto se presenta una repentina y profunda serenidad. Ya no tenéis que luchar ni esforzaros, porque en ninguna de estas opciones hay esperanza. Ahora solo os queda rendiros; no os queda otra elección”.

“De modo que en un instante habéis perdido algo preciado y, justo en el instante siguiente, descubrís que vuestra mente reposa en un profundo estado de paz. Cuando se presente esta clase de experiencia, no os precipitéis a buscar soluciones de inmediato. Permaneced un rato en ese estado de paz. Dejad que se convierta en una brecha. Y si descansáis verdaderamente en esta brecha, contemplando la mente, podréis ver la naturaleza inmortal de la mente iluminada”.