JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA: de LUIS LANDERO.

La verdad tenía una cuenta pendiente con Fernando Aramburu. Siempre me citaba al autor como referente. Y aquí he caído en esta preciosa obra. Los personajes nos van dando durante su vida todos sus anhelos, su pasión por el futuro cuando son niños. Los referentes, dónde nos veremos, los amores. Viene el presente, la realidad, donde nuevamente vamos para atrás. No hemos conseguido aquello lo que pretendíamos pero, como por arte de magia, somos capaces de inventarnos una realidad paralela. Nuestra realidad, nuestra forma de ganarnos la vida, nos lo pone muy fácil. Tan fácil que somos capaces de involucrar a familiares y compañeros en el propio juego.

Nos hemos convertido en famosos para otros que lejos del ámbito capitalino nos creen. Incluso se hacen nuestros mayores seguidores y predicadores de nuestras mentiras. Nos hemos inventado nuestro mundo de grandes intelectuales de grandes farsantes de la cultura. Acudimos a tertulias, somos conocidos. Es el arte de la imaginación llevada a sus máximas consecuencias. Los personajes como recursos literarios de conocidos nos van recordando la propia historia de la obra.

Creíamos que todo estaba perdido. Ya sabemos que las mentiras tienen los pies muy cortos. Sí ya parece que para los personajes está todo perdido. Incluso la familia.

Pero el desenlace final, perdidos por los caminos hace algo maravilloso. Cuando creíamos que el burlado nos odiaría descubrimos las almas gemelas. Sigue la adoración y la admiración Y se está dispuesto a compartir el futuro, aunque, en el fondo, sepamos que se trata de una mentira. Nuestra mentira que en lo más recóndito no es más que nuestro anhelo y objetivo. Que nos mantiene vivos.