El amigo Manilo.

Me he encontrado con él después de cuarenta años. Sí hemos hablado de lejos, nos conocemos casi sabemos lo que piensa el uno del otro. Cuando le comenté, perdón, vio, que perdía el tiempo con estas notas en la red (como a él le gusta llamar a este invento) solamente se le ocurrió decirme ¿quién te ha visto y quien te ve?. Como a él siempre le he considerado un hombre de vanguardia, básicamente culto, lector, ácrata de la vida; pero sobre manera: independiente con mayúsculas. Dice lo que dice y queda, con su responsabilidad. Cosa, que por cierto, en los primeros años de amistad nos trajo pocos disgustos. Desde los malditos panfletos hasta las pintadas. Eso, sí, como le gustaba decir a él, organización y planificación razonada. Riesgos los justos, que ya se encargará alguien de jodernos de alguna manera. Por lo tanto no empecemos jodidos. Pero a lo que iba. Ahora, con su permiso y sin que sepa muy bien el motivo quería yo que me mandara algo, darle unas líneas aquí precisamente. Sé que sigue la actualidad casi de forma crónica. Le gustaba llenar hojas con apuntes, libros con anotaciones. Siempre tenía una respuesta para todo, pero a diferencia de mi imaginación desbordante él daba fe de sus afirmaciones con citas de fácil comprobación o una palabrería que te envolvía con su carácter afable, sencillo, cercano, de confianza, vamos. Me reprochaba a menudo que cuando hablaba conmigo de asuntos serios, como decía él, no sabía hasta qué punto eran ciertos o me lo estaba inventado. A lo que respondía mis célebres: lo leí, lo escuché, lo imaginé, lo soñé o simplemente me lo inventé. Éramos amigos, eso lo sabíamos de sobra. Tan distintos, tan opuestos, pero con tantos objetivos comunes. Por eso me siento feliz de poder recobrar, de nuevo, aquellas interminables charlas y si era posible, pillarle en su inestimable “racionalidad escrita”. Mi gozo en un pozo. ¡Eso lo dejo para ti!, me ha dicho. Te honraré con todas las charlas que quieras, pero de la pluma me he retirado. Por lo tanto mi vagancia en el baúl de los recuerdos. Además de escucharle me obliga a recopilar el resumen. Sé que en el fondo le importa más bien poco. Ya me ha dejado claro que a medida que pasa el tiempo tiene menos cosas importantes por las que siente interés y es a esas a las que dedica su tiempo. Le tiro un poco más de la lengua. Pero ya no fuma, el vino le cuesta digerirlo, lleva lupa, algunos sonidos se le escapan, la mano derecha le tiembla de vez en cuando. Pero sus palabras me recuerdan al de siempre, no ha pasado el tiempo. Seguimos conversando. Y siempre su remate final: “Vivimos un tiempo apasionante que por ningún motivo debemos dejarlo pasar sin actuar”.

Ahora me queda la duda:¿seré capaz de trasladar nuestros encuentros?. Él me dice, que es cosa mía. Te has dedicado profesionalmente a una materia que yo no domino y que por cierto la considerabas como instrumento y te la veo como tu fin, se encarga de recalcarme.

Pues ya veremos los derroteros. ¡Malditos camaradas! Y sigue sonando la canción