Parece que es título de un libro. Pero para mí es el artículo de Eduardo Laporte. Y para ello la reflexión. Y leerlo al completo.

  • Sí se notaba más inteligente que la media, tanto como para plantearse la noble y borgesiana empresa de copiar El Quijote entero, con siete años, mientras sus compañeros se peleaban con las vocales. Todo esto lo cuenta, con asombroso desparpajo, en Cómo me convertí en inspector de Hacienda (Colex).
  •  El relato trasciende la mera circunstancia fiscal para convertirse en la historia de una persona común con sus conflictos, sus fortalezas y sus debilidades, es decir, en literatura.
  •  Asegura Fernando Aramburu a propósito de su reciente Los vencejos (Tusquets) que, por mucho que nos afanemos en seguir un guion, la vida hace con nosotros lo que quiere. ¿Cómo deja esto al opositor?
  • Quizá ahí entre el asunto cósmico-público. Battiato se lanzó a la canción popular tras años de experimentación ensimismada para ser «útil». Seamos útiles.
  • Amenazas, coacción y finalmente, en el mejor de los casos, el desembolso de hasta 200.000 euros a tocateja forman parte del día a día de ciertos inspectores.
  • «Ciertas plazas de funcionario están injustamente pagadas, pero por exceso», me decía un amigo,
  • En ese dilema entre el voluntarismo y el destino, en ese órdago laboral que se lanza en la primera mano del mus existencial, reside el atractivo de este libro. Se lee con la admiración de quien superó esos obstáculos y con el punto de envidia morbosillo de quien logró su plan, de quien sí logró cumplir el guion marcado. Incluso a contracorriente: «No recuerdo a nadie de mi entorno que me apoyara».
  • Pablo Miser logró su objetivo.