LOS GODOS DEL EMPERADOR VALENTE

Ya casi no me acordaba. Pero cuando lo releo me quedo mirando la ventana, esperando, quizás, ver pasar la multitud que nos invade y no veo.

También nos puede servir para que tengamos en cuenta una serie de valores que nos puedan ayudar a manejar nuestras actividades cotidianas.

Los sucesos ocurren delante de nuestros ojos y no los vemos. Cuando nos damos cuenta de ellos ya no se puede hacer nada: la realidad nos invade y solo nos queda el lamento.

Cuando nos ponemos a analizar nos damos cuenta de nuestras debilidades, nuestras corruptelas, no hay recursos para todos.

Ahora ya se han instalado, creíamos que por ser sus tutores no acabarían con nosotros. Pero tienen hambre y ambición, se parecen a nosotros, en ello les hemos educado. Y simplemente aplican nuestras técnicas y nuestras herramientas. Eso sí, con su propia metodología: arrasan y quizás ya no quieran saber nada de nosotros.

Esto mismo ha sucedido generación tras generación. Nosotros hemos hecho lo mismo con nuestros antecesores. Pero no hemos sido conscientes de ello hasta que nos vemos frente a la ventana viendo a la muchedumbre de los nuevos bárbaros. Que no son más que nuestro reflejo corriendo en busca de algo mejor.

Pagamos nuestros excesos. Creemos que solamente con el buenismo vamos a llegar a convencer a todos aquellos que no tienen nada que perder. Creemos que todos aquellos a los que tratamos como siervos se van a unir a nosotros para defender nuestros intereses por el mero hecho de haberlos sacado en algún momento de cierta indigencia. No eran iguales y ellos lo sabían y han estado esperando. Además, les hemos quitado sus armas pensando que ya no eran necesarias para defendernos.

Pensamos que a nosotros eso no nos llegará. Unas reformitas por aquí, otras por allá. Pero el destino, como las turbulencias meteorológicas, no son controlables. Cuando se desatan no queda otra que ver cuál ha sido su consecuencia y apechugar.

Sí amigos, gozarán de todo aquello que hemos predicado: nuestra libertad y nuestro bienestar. Pero no es lo mismo verlos por la tele que sentados en nuestros puestos, junto a nosotros. Es la realidad, esa que no hemos querido ver. Hemos intentado proteger a los nuestros, con tribunales, con normas, contratados. Hemos ido dando migajas. Pero todo se acaba.

Sí nos ha faltado la capacidad de tomar decisiones y asumirlas. Y las que hemos tomado las hemos hecho pensando que no habría consecuencias. Pensábamos en ese respeto por las normas establecidas. Las nuestras.

Nos hemos rodeado de los mejores, en algunos casos de los más fuertes. Y ahora les hemos dejado, también, sin recursos.

¿Qué nos queda? El artículo nos sirve: Pues sí, seguir adiestrando a los más jóvenes con lucidez, sentido común, valor, humanidad, humildad. Sentido de adaptación a lo que nos pueda venir. Intuición además de las herramientas conocidas y útiles. Seguir trabajando por aquello en lo que se cree, pero sin buenismos aparentes, con lucidez sensata y conocimientos contrastados.

En definitiva, mirarnos en un espejo, vernos nosotros. Y mirar a los ojos de los que tenemos al lado. Nunca viene mal ver la realidad tal cual es y afrontarla. Seguro que siempre hay soluciones, aunque sea duro asumirlas pues no son, siempre, las esperadas. Es la vida y la Historia.

Para seguir, creo, y de momento en esta cita de otro artículo:

A mí me pasa algo parecido con las ideas, sobre todo con las ideas que la gente dice profesar, y más todavía con las creencias. Las ideas son gratis. Algunos de los mayores farsantes a los que he conocido hacían ostentación de ideas admirables, mucho más generosas y más radicales que las mías. Y luego…

Y termino con otro hecho relevante:

A unos se les enfrentan otros, y la vida inteligente queda cohibida, arrinconada. Cuando ésta se acobarda, se retira, se hace a un lado, al final queda arrasada.

NOTA 1: Conciencia y conveniencia por Juan Manuel De Prada:

Así la conciencia, al convertirse en conveniencia, se rindió sin armas a un poder sin conciencia, sin saber compartido, que es puro ejercicio de la fuerza. En lo que se prueba que no se cambia el significado de las palabras impunemente.

NOTA 2: Sobre moros y cristianos, Pérez-Reverte: artículos para después de un atentato.