En el artículo: Daniel Bell: Cien años del sociólogo que anticipó nuestros conflictos, por Ramón González Ferriz.

Nos va dando temas para pensar y un detalle de su obra para seguir en el mismo camino.

Bell se describía a sí mismo como un socialista (hoy diríamos socialdemócrata) en cuestiones de economía, un liberal en cuestiones políticas y un conservador en materia cultural. Esto último lo ilustra maravillosamente su hijo al decir que “detestaba la mayor parte de la cultura popular, especialmente la televisión y la música rock… Le horrorizó el amor por los cómics que desarrollé en mi infancia”.

“en el mundo occidental existe hoy un robusto consenso entre los intelectuales sobre las cuestiones políticas: la aceptación del estado del bienestar; lo deseable de la descentralización del poder; un sistema de economía mixta y el pluralismo”. En este sentido, decía, “la era ideológica ha terminado”. No se trataba de la exaltación de una gestión meramente tecnocrática de los asuntos públicos, sino la creencia de que el comunismo había fracasado y de que en el capitalismo democrático el Estado debía tener un importante papel interventor: no había nada fuera de eso.

anunciaba algo que hoy suena extrañamente familiar: cómo las sociedades ricas se irían volviendo cada vez más desindustrializadas, basarían sus economías en la acumulación y el manejo de la información y su sector más importante sería el de los servicios. Todo ello daría pie al auge de la ciencia y la tecnología, y crearía unas nuevas élites técnicas que obligarían a rehacer la idea clásica de clase social

Bell señalaba que había sido el puritanismo de los burgueses, “cuyas energías se canalizaron en la producción de bienes y en un conjunto de actitudes hacia el trabajo que se distinguieron por el temor al instinto, la espontaneidad y el impulso errante”, lo que había permitido que el capitalismo se mantuviera en pie.

Este era fruto de la combinación de una gran inventiva económica y una gran represión moral. Pero en los sesenta, decía, esa represión moral había terminado y los jóvenes se habían abandonado al irrealismo político, el hedonismo cultural y sexual y la cultura de la irresponsabilidad. Ese hecho -que la prosperidad económica había destruido la austeridad que la había hecho posible- era la gran “contradicción del capitalismo”, que entraba en una fase de inestabilidad y que al final, si no se corregía, llevaría a su destrucción.

Ahora, difícilmente consideraríamos sociólogo a un hombre del perfil intelectual de Bell, como tampoco pensaríamos que lo fuera, por ejemplo, su predecesor Thorstein Veblen (1857-1929). Veblen, que en Estados Unidos fue el pionero en el análisis del capitalismo, describió de manera memorable lo que llamó la “clase ociosa”, compuesta por quienes en tiempos de industrialización estaban exentos del trabajo fabril y se dedicaban a tareas intelectuales y artísticas, y a consumir y practicar el ocio de manera ostentosa, para demostrar su independencia y libertad. O a Sigfried Krakauer (1889-1966), quien en su libro ’Los empleados’ (Gedisa) estudió un fenómeno nuevo en la Alemania de entreguerras: el de las masas de oficinistas, tres millones y medio de personas que realizaban tareas administrativas y técnicas en los bancos, los almacenes, la industria y los transportes, y que empezaba a definirse como una clase independiente con sus propios sesgos ideológicos y hábitos de ocio. Eran sociólogos distintos de los actuales.