EL PROFESOR Y EL BEDEL

Otra vez comenzaba el remanso a saludar a las masas. Tenía la tez morena, iba, poco a poco, pensando en qué decir. Siempre era lo mismo. Cogía un libro de la estantería, abría cualquier página y ahí estaba el tema del día.

El profesor, frustrado, apagado en sus ideas, tenía los días contados. No le interesaba el temario. Había discutido con el director, con el jefe de estudios, con no sé cuantos padres de alumnos, y al final: el expediente.

A partir de ese momento, no sabía bien el motivo, sus clases comenzaron a ser el objetivo de sus alumnos. Siempre estaban llenas, silenciosas, expectantes. Había nacido su “ídolo”. Un nuevo mártir para la causa.

Aquel día dio la casualidad que no tenía nada preparado. Iba con la cabeza un tanto pesada. Como siempre no había dormido bien. Pero a diferencia de lo habitual estaba tranquilo. Hacía meses que se había separado. Si le preguntaban el motivo, no lo tenía. No había amantes, ni malos tratos, ni siquiera aburrimiento. Siempre se sintió un hombre feliz y afortunado, pero pasó.

Cuando bajó las escaleras del metro un olor extraño llenó su interior. A su alrededor todo parecía normal, hasta el sonido del músico callejero le llegaba con mejores sones que otros días. Empezó a preocuparse. Cuando compró el periódico se lo preguntó al vendedor, éste no notaba nada. Todo parecía normal, sin embargo, la angustia comenzó a roerle las entrañas.

No subió al primer tren en llegar. Estaba lleno y no tenía demasiada prisa. Prefirió echar un vistazo a la prensa que acababa de comprar. Entendió su desasosiego. El olor le venía de dentro del periódico. Acababa de descubrir de qué iba a ser su siguiente clase. Levantó la cabeza, se encontró las caras similares o parecidas a las de otros días: cansadas, risueñas, lúgubres; olores comunes, a humanidad, a colonias caras o baratas, nunca se sabía. Se reflejaba su rostro en el cristal del vagón. Se notaban los años. Sus ojeras perennes eran tan comunes que por ellas no se distinguía ni la hora ni el día de la semana.

Trató de buscar su cuaderno de notas y el lapicero que siempre los llevaba consigo. No los encontraba. Revisó de nuevo su mochila, nunca salía sin ellos ni sin su receptor de radio. Aparecieron, estaban en el bolsillo interior de seguridad, junto al móvil. Menudo despiste, nunca los ponía al lado del aparatejo.

Disponía de media hora antes de llegar a su destino. Escribió cuatro frases:

“Lectura detallada de un artículo de opinión”

“Buscar en el diccionario tres palabras que no entiendas o sus sinónimos”

“Cambiar el sentido del tema principal de la lectura”

“Pensar, expresar, escribir, en el mismo estilo de lo leído un tema o situación que os preocupe y que os gustaría arreglar. O que os guste y que simplemente queráis exponer”

Subrayó la palabra “pensar” y colocó un pequeño enlace con la nota: “razonar”.

Cerró los ojos y se sintió relajado. Estaba deseando llegar a clase. Tenía planes. Incluso sonrió gozoso, hacía mucho que no lo hacía.

Al entrar y subir a su despacho, el bedel, con su uniforme inmaculado, lo esperaba. No pudo acceder a su despacho. Estaba cerrado y la llave no abría. Se miraron, se tenían confianza. El sobre estaba cerrado. Casi de forma mecánica se dirigieron a la cafetería. Nunca iban a la sala de profesores juntos, en alguna ocasión lo hicieron y ciertas miradas inquisitivas, les dieron a entender, que allí, lo de la amistad dependía del uniforme y no de las entrañas.

Fueron a su rincón de siempre, la misma mesa. A esas horas el local estaba atiborrado pero, nunca supieron el motivo, siempre su trozo de reunión estaba libre.

Hoy pago yo, dijo el bedel. Algo extraño solamente se ofrecía a primeros de mes. El profesor lo sabía, lo mismo que sus apreturas: varios hijos, la hipoteca, la salud de un pariente y los cuarenta remiendos que nunca faltaban. Demasiado bueno para el mundo en que vivía pensó el maestro.

Se miraron a los ojos. Los dos sabía que se estaban despidiendo. Suspendido de empleo, comenzaba la carta al educador. Seguiría recibiendo su sueldo completo, incluidos los complementos de dedicación exclusiva. No podría acceder a sus clases hasta que el expediente quedara resuelto. Ya se le indicaría el nuevo destino.

El olor que le venía persiguiendo, se dio cuenta, había desaparecido.

Se saludaron y quedaron en llamarse.

NOTA

Me encontré estas notas en un libro de viejo. ¿Os suenan los posibles dueños? Me gustaría saber si se llamaron.

NOTA 1: Resurrecciones fugaces por don Antonio Muñoz Molina

Veo que ya he encontrado lo que buscaba: el mismo viaje en metro.

NOTA 2: La hora crucial de la manzana por Fernando Aramburu

NOTA 3: El profesor vencido, por Arturo Pérez-Reverte