Pues sí amigos de nuevo con don Arturo ¿algún problema?. Ya sabéis que me tienen que zarandear de vez en cuando. Espero que al menos ya tengáis leído el articulillo. Por mi parte, dios mediante asimilado, concienciado,..je, je.
A lo que iba, de educación se trata. El que suscribe, reconoce que de ajedrez empezó temprano a mover fichas, pero eso y punto, algún libro, jugadas de periódicos y nada más. No me voy a tirar faroles no tengo, realmente ni idea. Solamente fantasías de lector de libros cuando sale el tema.
Sí que me interesan los reflejos educativos que puede dejar. Cada forma de pasar el tiempo no obligatorio: compañerismo, disciplina, respeto por el profesor. Ver en el contrario un adversario igual a ti, sana competencia; análisis de jugadas, trabajo en equipo. Espíritu de superación. Reconocimiento del talento y la limitación.
Creo que en los tiempos que corren, además aporta un antídoto contra la frustración. Lo es desde el punto de vista en que los niños y los padres se reúnen, no para buscar campeones:
“Con respeto. Nadie los obliga a que sus hijos aprendan ajedrez. Es más cómodo llevarlos a un parque, o a casa, y ahorrar los treinta euros al mes que cuestan las clases. Quienes puedan pagarlos. Pero aquí están, puntuales como cada miércoles. Dispuestos a esperar mientras sus enanos juegan. Aprenden. Cuajan.
No se trata de hacer campeones. Mi amigo Leontxo García, paladín del ajedrez infantil, lo ha dicho muchas veces: es una estupenda actividad complementaria para los pequeños, porque es divertida y porque los acostumbra a pensar antes de hacer las cosa”
Ya me veo tomando el rábano por las hojas:
“El silencio y el orden son absolutos. El maestro de ajedrez pasea severo, mirando los tableros. Haciendo una indicación a este o aquel jugador. Los niños obedecen en silencio, respetuosos. Tan formales que dejan estupefacto. No puedes evitar acordarte de tus maestros de infancia, cuya sola presencia bastaba para imponer disciplina a toda una clase. Y es que, concluyes, éste es un lugar privado. Aquí no hay docencia psicopedagógica políticamente correcta, sino un maestro docto en lo suyo, disciplina y niños deseosos de aprender: alumnos voluntarios que aceptan las reglas. En críos de su edad, eso resulta tan fascinante que acabas preguntándote hasta qué punto escenas así no siguen siendo necesarias. Hasta qué punto los viejos maestros como siempre fueron -severos, sabios, infundiendo respeto-, no hacen mejores a quienes tutelan. Y cuando uno de los niños mira a otro y dice algo en voz baja, distrayéndose del juego, observo que el maestro de ajedrez se acerca y le da una ligera colleja: un pescozón de toda la vida, que devuelve la atención del chico a su tablero. Algo que en un colegio de ahora podría costar al profesor un disgusto, un expediente, un titular en los periódicos. Y que desde la puerta, en donde curiosea conmigo, el padre del niño acoge con un movimiento de cabeza resignado, y con una sonrisa”
Y ahora me pregunta el “Bambi” de turno: ¿pero tú estás a favor o en contra de este tipo de metodología en la enseñanza?
Lo miro a los ojos y a su colmillo babeante…
Me viene a la mente una secuencia con Quevedo, el capitán Alatriste, Iñigo,..
“Vuecencia, con lo inteligente que usted parece, cómo puede hacer una pregunta tan gilipollas”
Pues esto amigos como siempre a vuestra disposición. Y a seguir leyendo, mi única recomendación.
NOTA 1 Hablando de su novela el Francotirador paciente y otras cosillas
NOTA 2: ¿Ascenderás más rápido en tu empresa si eres gilipollas?
Un documental inspirado en el ensayo filosófico ‘Assholes: A Theory’ analiza uno de los perfiles más tóxicos (y tolerados) de la sociedad


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