P Jorge Bustos está aquí principalmente por su nuevo libro, Casi, lo edita Libros del Asteroide, es una crónica del desamparo. Historias de gente que vive, sobrevive, malvive y que intenta pasar lo que le quede de vida como medianamente pueda en la calle y en los albergues, los alojamientos que tienen estas personas. Seres humanos cuyas historias no salen en los medios de comunicación. Quiero que me cuente cómo es esa primera aversión inicial hacia una persona que vive la calle. Persona que está al lado de su casa, para después acabar escribiendo, entendiendo, comprendiendo las historias que aquí acontecen. 

R.- El rechazo es un motor literario de primer orden y periodístico también, porque revela muchas cosas de nosotros mismos. Tampoco es un rechazo original, los indigentes no gustan a nadie, a los santos quizá, pero no gustan a nadie, es natural sentir un rechazo. No huelen bien, no se comportan bien, decía Adela Cortina cuando acuñó el término de aporofobia que «la aporofobia es el sentimiento de rechazo, aquel del que solo cabe esperar problemas», efectivamente, esos son los sin techo. No te van a dar nada, luego te dan muchas cosas. A mí me han dado este libro y muchas cosas más.

Pero en principio la primera reacción cuando te mudas a un barrio, como me pasó a mí, donde yo no sabía que a 600 metros estaba el centro de acogida más grande de España. Y empiezas a encontrármelos en la acera y me tropiezo con ellos en el en el portal de mi casa. Algunas noches tenía que saltar por encima de un mendigo que estaba empapado en su propio alcohol, con el cartón tirado al lado. Y yo decía al principio «¿Dónde me he mudado? Por fin he conseguido a los 40 años pagar la entrada de un piso», y esto le pasa a gente de mi comunidad de vecinos. Y al final un día dije, «¿Y esto?, ¿por qué no me atrevo a mirarlo?».

Mi trabajo profesional se desenvuelve en plató de televisión, en cámaras parlamentarias, en restaurantes, habló con empresarios, con políticos importantes, con jueces, creo que he conquistado una posición en el oficio. De repente, el contraste brutal entre mi trabajo cotidiano en los entornos del poder de las élites y tropezarme cotidianamente con los más vulnerables, los más olvidados entre los olvidados, la gente que no le importa a nadie, pues activa como una lucecita.

Y no es que sea una epifanía religiosa, pero es como un atrevimiento, es un cuestionamiento de uno mismo. De si me atreveré a meterme en algo que no he hecho nunca. Un reportaje social y ver qué aprendo yo por el camino, porque yo soy parte del experimento. Por eso el libro está en primera persona y voy registrando el cambio de mi mirada a base de hacer las entrevistas y de meterme en ese mundo.