EL NIÑO -Fernando Aramburu-
Fernando Aramburu: “Tengo los ocho apellidos vascos y probablemente más, pero no necesito llenar mi vacuidad con identidades ni con fanatismo”
Conversamos con el escritor Fernando Aramburu de literatura, de vida, de afectos y recuerdos, y sobre todo de su última novela, El niño, un nuevo ejercicio de memoria histórica tamizada por las artes de la invención sobre un suceso real en el que murieron 50 niños. Es cruda, emocional y profundamente respetuosa.
Cuál es el personaje de los que ha puesto en pie al que más cariño tiene?
Si reuniera en un salón a todos mis personajes, experimentaría una rápida simpatía por aquellos que, aunque fueran malvados, débiles o poco inteligentes, me proporcionaron novela. Porque como novelista uno prefiere esos que nos llevan a la acción. Ahora bien, si pasamos al plano personal, psicológico, en toda mi obra hay dos personaje por los que yo siento una especie de afecto que va más allá de la literatura. Uno es Arantxa, de Patria, que a pesar de las malas cartas que tiene en la vida, lucha y sirve de puente entre dos familias. Tiene una considerable complejidad psicológica. Y el otro personaje por el que siento un gran afecto es Nicasio, de El niño. Y esto obedece a una razón personal, y es que yo nunca conocí a mis abuelos varones porque fallecieron mucho antes de que yo naciera. Entonces, yo he vivido con ese hueco del que no era consciente en la niñez, sino más tarde cuando vi que otros sí tenían abuelos, que guardaban buenos recuerdos de ellos y también algún regalo. Este personaje me ha servido un poco para llenar ese hueco. Además, desde hace 16 meses yo también soy abuelo, así que de alguna manera he derramado en El niño este abuelismo que tengo la fortuna de ejercer pero que como nieto siempre me faltó. Por eso, este personaje para mí es particularmente entrañable. Lo digo como lo siento.
Tengo que decir que me he leído La Sonrisa Etrusca del profesor Sampedro. Creía que me iba a encontrar algo similar en EL NIÑO. Sí también hay algo de enfermedades irreversibles.
Aramburu, mi amigo, como siempre, deja paso a su inimitable imaginación. Leer las solapas del libro es imprescindible. Lo mismo que la NOTA DEL AUTOR. Y siguiendo con sus estrategias vuelvo a lo mismo: es un hecho histórico metido en una trama; o utiliza una historia novelada con un hecho histórico como excusa. Me da igual, que me da lo mismo. Sigue con sus capítulos cortos como excelente recurso literario. No nos deja perdernos en la historia, ni en los personajes, ni en las fechas marcadas por el suceso de Ortuella.
Coge el suceso traumático como contacto principal de una familia de emigrantes que llegaron al País Vasco. Segunda generación. La tragedia del Nuco. El abuelo. Las subidas al cementerio. Las historias de un barrio obrero donde todos se conocen. Los amigos, las cuadrillas… El desarrollo de una pequeña intriga. Un personaje que aparece queriendo estar pero no está… Los intentos de recobrar una vida que en realidad nunca existió… Las pesca ese pasatiempo de amigos en un pequeño barco… Querer volver a reconstruir una familia… Una llamada telefónica, un informe médico… Los recuerdos de unas caricias, una forma de ser inolvidable…
Aramburu nos restriega, una y otra vez su terruño, personas que se dedican a un trabajo duro, sueños que no se cumplen. Quizás veamos en los hijos o en los nietos lo que podía haber sido y nunca fue… O quizás tengamos pendientes deudas de llevar a los ancestros a su lugar de origen, donde una pequeña parte de su terruño les sirva de manto para la eternidad…


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