Al hilo de la frase que precede al comentario, nuestro amigo FRANCESC MIRALLES en su artículo “ No se lo digas a nadie “ deja bien a las claras que pautas debemos seguir si queremos que algo no se sepa. Fácil: no lo digas.
Pero veamos qué nos lleva a transmitir aquello que consideramos íntimo e intransferible. Lee en artículo completo. Cógete una hojita en blanco y subraya cuantos de estos estos temas te están ocurriendo, te han ocurrido, o has visto en otras carnes que le han estallado en los momentos más inoportunos. Simplemente, en mi criterio, subrayo:
Los niveles que existen en cada persona:
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La imagen corporativa que nos define. Es la fachada que exhibimos. El más externo es nuestro personaje, es decir, aquel que presentamos al mundo porque queremos que nos vean de determinada manera.
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El yo cotidiano. Cuando estamos con nuestra familia o en un entorno donde nos sentimos cómodos, dejamos de lucir fachada y nos permitimos ser naturales… hasta cierto punto.
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La vida secreta. En este nivel sucede aquello que uno se permite ser cuando nadie está presente. Y esta vida secreta no tiene que ser necesariamente un asunto oscuro o turbio.
Aquellas frases y conceptos que te llevan a compartir un secretillo:
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El ser humano casi siempre necesita un testigo a quien confiar aquello que no debe saberse. Aquí empieza la dificultad y el peligro.(Marcel Mart).
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“¿Podrás guardarme un secreto?” Una muestra de amistad y confianza y cargar en el otro una responsabilidad que no ha elegido tomar desde el momento en el que se la decimos.
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La cuestión sería por qué necesitamos compartirlo, dado que, como decía Benjamin Franklin, “tres podrían guardar un secreto si dos de ellos hubieran muerto”.
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El ser humano es un animal social que necesita involucrar a su clan en las decisiones que toma, ya que la aprobación del círculo íntimo le resulta vital.
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El morbo de poder contarlo. Es más, a veces los interlocutores tienen la impresión de que ciertas proezas tienen como principal objetivo ser contadas.
Algunas reglas para sujetar la húmeda:
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Un secreto es una prueba de amistad que, si no superamos, repercutirá negativamente en la confianza de quien nos lo ha contado. Si por nuestro carácter somos incapaces de guardarlo, es mejor decirlo de entrada.
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Antes de revelar una confidencia de otro, debemos medir las consecuencias que puede tener para esa persona. Hay que distinguir una anécdota simpática e inofensiva de algo que comprometa gravemente al otro.
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Jamás transmita una confidencia por mensaje de texto. El destino de todo mensaje interesante es ser rebotado a los destinatarios más inesperados.
Podríamos finalizar este texto con alguna reflexión final:
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Antes de contar o dilapidar el tiempo recurre a tu instinto. No te das cuenta que te pueden estar manipulando para que des tres cuartos al pregonero. Pues eso. Las armas descritas son de doble filo.
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Por eso recurro a la máxima : “No confíes tu secreto ni al más íntimo amigo; no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido”(Ludwig van Beethoven).
“La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en sintonía”(Mahatma Gandhi)
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¿Cuánto es la media que tardas tú? Según una encuesta coordinada por Michael Cox con 3.000 mujeres británicas de entre 18 y 65 años, el tiempo medio que tarda en revelarse un secreto es 22 minutos


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