LA GENERACIÓN DEL 98

A la vista de este artículo y la situación que vivimos no queda más remedio que sentir un alivio. El motivo, amén de la grandeza de las obras, saber de nuestro pasado. Situaciones vividas, sus comentarios. Y parece que el tiempo se detiene. No avanzamos. El dolor por lo patriótico. Los nacionalismos. Las ideas de exclusión. El odio por lo diferente. La banalidad por las personas. Anteponer unos principios sacados de cajones de adoctrinamiento que no sirven para mejorar el bienestar común de convivencia, sino solamente la mejora de unas élites dirigentes encargadas de mantener su estatus, nada más. En fin, qué difícil es conseguir un equilibrio vital.

La liquidación de la “Generación del 98” ha contribuido a frustrar la creación de una conciencia nacional. Los noventayochistas criticaron los males de su tiempo, pero jamás repudiaron su patria. Por el contrario, destacaron sus virtudes y elogiaron el idioma que alumbró un Siglo de Oro. 

La “Generación del 98” no cultiva un nacionalismo agresivo, sino un patriotismo integrador, que concilia lo local y lo universal, la experiencia individual y el designio colectivo, el apego a lo inmediato y la fidelidad al pasado histórico.

Ortega y Gasset (“Generación del 14”) y Unamuno:  Aunque algunos profesores reivindicaban su legado y nos incitaban a leer sus libros. Han pasado tres décadas y las modas han cambiado, pero las nuevas generaciones siguen menospreciando.

Azorín: impresionista. Con su prosa limpia, elegante y precisa, señala que el problema de España reside en su débil autoestima: “Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí, aprender a pensar y sentir por sí mismo y no por delegación, y sobre todo, tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor”.  Azorín se cobijó en el fervor místico de Santa Teresa de Jesús, la melancolía de Cervantes y la sencillez de Berce

Baroja: Pío Baroja afirma que el castellano es el idioma de la cultura, del saber, del progreso. Nacido en tierra vasca, ironiza sobre los intentos de recuperar y potenciar el euskera: “…la posibilidad de que el eúscaro sea lengua de civilización, me parece una fantasía de filólogo, pero no una realidad. Hay que aceptar el hecho consumado, y el hecho consumado es que nuestro idioma de cultura es el castellano, que poco a poco empieza a dejar de ser castellano para ser español”. “Yo parezco poco patriota –escribe Pío Baroja–; sin embargo, lo soy. […] Yo quisiera que España fuera el mejor rincón del mundo, y el País Vasco, el mejor rincón de España”. Baroja humaniza el sentido del patriotismo, esbozando una definición nada militarista: “La verdad nacional calentada por el deseo del bien y de la simpatía”. En su opinión, España se parece a una vieja iglesia descuidada. Necesita una profunda reforma, pero en ningún caso debe derribarse el edificio, pues aún conserva “muchas cosas aprovechables”. Baroja se estancó en el desengaño y el escepticismo.

Valle-Inclán o Manuel Machado en sus comienzos, suscriben el ideario modernista, donde los planteamientos estéticos y formales disfrutan de una indudable hegemonía

Antonio Machado simbolista.  En Juan de Mairena apunta que el carácter español no ha dudado nunca de la dignidad del hombre: “No es fácil que yo os enseñe a denigrar a vuestro prójimo. Tal es el principio inconmovible de nuestra moral. Nadie es más que nadie, como se dice en tierras de Castilla. […] Por mucho que valga un hombre nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre. Fieles a este principio, hemos andado los españoles por el mundo sin hacer mal papel. Digan lo que digan”. Antonio Machado habló de la “España de la rabia y de la idea”, no sin cierto nihilismo.

Unamuno intimista, pero esos rasgos no les incorporan a la apoteosis y caída del cisne modernista, cuyo itinerario finaliza cuando en Cantos de vida y esperanza (1905). Hondamente español, Miguel de Unamuno acusa al regionalismo de fracturar la sociedad y menoscabar la necesaria solidaridad entre las provincias: “Parece como que se busca en el apego al terruño natal un contrapeso a la difusión excesiva del sentimiento de solidaridad humana”. El patriotismo es un sentimiento expansivo, generoso, creador. En cambio, el nacionalismo se confina en horizontes cada vez más estrechos, reacio a la aventura y la novedad. Es de sobra conocida la evolución política de Unamuno, que se identificó con el socialismo en sus inicios, se opuso vigorosamente a la Dictadura de Primo de Rivera, celebró la caída de la Monarquía, logró un acta de diputado independiente durante el bienio reformista, renunció a la política activa desencantado con la República, apoyó efímeramente a los militares sublevados y protagonizó un sonado incidente con Millán-Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, dejando una frase para la historia: “¡Venceréis, pero no convenceréis!”. Cuando aún creía que los militares salvarían a España del caos y la inestabilidad, aclaró: “No soy fascista ni bolchevique. Soy un solitario”. La violencia de los sublevados le abrió los ojos, mostrándole claramente su equivocación: “La barbarie es unánime. […] Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros”. Aislado, incomprendido y rechazado por todos, Unamuno murió el 31 de diciembre de 1936 en su domicilio salmantino de la calle Bordadores, mientras recibía la visita de Bartolomé Aragón, antiguo alumno y profesor universitario de Derecho. Su despedida del mundo estuvo a la altura de su genio y carácter. Antes de desplomarse, exclamó: “¡Dios no puede volverle la espalda a España! España se salvará porque tiene que salvarse”.  Unamuno alabó el idealismo del Quijote y los Cristos sanguinolentos.

Rubén Darío renuncia a la ebriedad pagana, exaltando la hidalguía española de “nuestro señor don Quijote”.

 Ramiro de Maeztu atribuye esta decadencia al escepticismo y la pérdida de ideales: “El alma del hombre necesita de perspectivas infinitas, hasta para resignarse a limitaciones cotidianas”. La idea de progreso indefinido no puede proporcionar esas expectativas: “La idea del progreso fatal e irremediable es un absurdo. El tiempo, que todo lo devora, no puede por sí solo mejorarnos. Es más cierta la mitología de Saturno, en que se pinta al tiempo comiéndose a sus hijos”. Maeztu pidió recuperar “las esencias de los siglos XVI y XVII: su mística, su religión, su moral, su derecho, su política, su arte, su función civilizadora”

Aunque Ortega y Gasset no pertenece a la “Generación del 98”, su España invertebrada (1922) desprende la misma inquietud que apreciamos en las páginas de Unamuno, Maeztu o Baroja. Ortega se manifiesta contra el separatismo, que pretende despedazar el país y convertirlo en “una pululación de mil cantones”. Al igual que los noventayochistas, entiende que no se puede negar el protagonismo de Castilla en el proceso de construcción de España. Castilla actuó “como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera que el blanco atrae la flecha y tiende el arco”. Ortega pensó que los problemas de España sólo podrían resolverse mediante una minoría selecta, egregia, ilustrada, cuyo trabajo consistiría en educar a las masas para modernizar el país e integrarse en Europa. En ese sentido, se apartó de los noventayochistas, que acabaron mirando hacia atrás, evocando el esplendor pasado.

El autor termina de una forma sencilla el artículo:

“Pienso que no estaría de más rehabilitar el concepto de “Generación del 98”, pues nunca se ha visto en nuestras letras un grupo de escritores tan preocupados por el ser colectivo de España y la necesidad de crear una conciencia nacional con vocación de perdurar. No he vuelto a leer a Deleuze, Derrida y Lacan desde mis años de estudiante universitario, pero cada vez me resulta más ineludible volver a Unamuno, Azorín, Baroja, Antonio Machado, Valle-Inclán o incluso Ramiro de Maeztu, pues todos, con sus matices, discrepancias y extravagancias, avivan el amor a España y la rebeldía contra los que denigran su historia, sus creaciones y su idioma.”

NOTA 1: San Manuel Bueno, revisado, por Fernando Aramburu